Donó sus tierras para crear un parque público, pero la ciudad las vendió por US$15 millones para construir un centro de datos


La historia tiene como protagonista a Charles Bland, un granjero de Taylor, Texas que en 1999 decidió ceder 35 hectáreas de su propiedad por una suma simbólica y con una condición específica. Según los documentos de la donación, el terreno debía utilizarse para fines recreativos y comunitarios.
Con el paso de los años, la propiedad cambió varias veces de manos hasta terminar bajo control de organismos vinculados al desarrollo económico local. Finalmente, una parte del predio fue transferida a la empresa Blueprint a cambio de US$10 millones, que proyecta construir allí una instalación tecnológica de gran escala.
La donación original se concretó el 7 de julio de 1999. Bland entregó las tierras para que fueran preservadas y utilizadas como parque público. Sin embargo, la propiedad inició un largo recorrido administrativo.
Primero pasó a una fundación vinculada con los parques y la recreación. Más tarde fue transferida a otra organización sin fines de lucro y luego llegó a manos de la ciudad de Taylor.
En 2008, el municipio vendió el terreno por US$15.000 a la Corporación de Desarrollo Económico de Taylor (TEDC), una entidad financiada por la propia ciudad. En 2025, esa organización concretó la venta de parte de la parcela a Blueprint por US$10 millones.
La empresa planea construir un centro de datos destinado al almacenamiento de información, alojamiento web y procesamiento de inteligencia artificial, entre otros usos tecnológicos.
La decisión provocó malestar entre los vecinos de la zona, quienes consideran que el proyecto contradice la voluntad expresada por el donante cuando cedió las tierras.
Más allá de la operación inmobiliaria, que generó un verdadero revuelo entre los vecinos, el caso abrió un debate a nivel nacional sobre el destino de los bienes donados para fines comunitarios.
Quienes se oponen al centro de datos sostienen que la intención de Bland era inequívoca y que el terreno debía transformarse en un espacio recreativo para las futuras generaciones.
Algunos vecinos incluso recuerdan que el agricultor manifestaba su preocupación porque los niños de la zona no tenían un lugar adecuado para jugar.
Por su parte, las autoridades locales defienden la iniciativa argumentando que el desarrollo generará ingresos para la ciudad durante la próxima década. Según las proyecciones oficiales, esos recursos podrían destinarse a infraestructura, servicios públicos y mejoras para el distrito escolar.
Mientras tanto, el parque que motivó la donación nunca se construyó. En su lugar, una parte de aquellas tierras quedará vinculada a una de las industrias con mayor crecimiento de los últimos años: la de los centros de datos.
Fuente: www.clarin.com



